El Reino de Dios antes de Cristo
- Ariel Moreno Velázquez

- 9 dic 2025
- 8 Min. de lectura

Hablar del Reino de Dios en nuestro tiempo puede resultar complejo en un contexto marcado por la relativización de la verdad, promovida por corrientes como el humanismo secular y el relativismo contemporáneo. No obstante, para el Dios soberano y omnisciente no existe confusión ni incertidumbre; desde la fundación del mundo su Reino ha sido el eje de su revelación progresiva a la humanidad.
A través del Pentateuco y los Libros Históricos, es posible reconocer que el Reino de Dios no se limita a un gobierno divino sobre la nación de Israel, sino que se manifiesta como una soberanía que busca establecerse en el corazón de los seres humanos. Esta realidad se revela en las decisiones, actos de obediencia y gestos de fidelidad —o de rebelión— que marcaron la historia del pueblo de Dios antes de la venida de Cristo.
En este ensayo se sostendrá que el Reino de Dios, tal como se presenta en los primeros libros de la Escritura, trasciende las estructuras políticas y religiosas de Israel, y encuentra su expresión más profunda en la respuesta interna de los hombres a la voluntad divina. Para ello se analizará el contexto histórico y cultural que enmarca estos textos, así como las implicaciones teológicas que emergen de las narrativas y decisiones humanas. Finalmente, se presentarán conclusiones y una aplicación personal que permita comprender cómo este Reino continúa llamando al corazón del creyente en la actualidad.
Contexto histórico y cultural
No existen figuras humanas que hayan tenido una percepción más directa del Reino de Dios que Adán y Eva, pues fueron creados para vivir bajo su soberanía perfecta. Sin embargo, su decisión de desobedecer marcó una ruptura fundamental: el ser humano prefirió ejercer su propia autoridad antes que someterse al gobierno divino (Génesis 3:6, Reina-Valera, 1960). Este impulso de autonomía continúa siendo un tema central en la historia bíblica y en nuestra época. En contraste, Abraham —considerado el padre de la fe— encarna la respuesta opuesta. En medio de una cultura profundamente politeísta en Ur y Harán, regiones ubicadas en la región actual de Irak, Siria y Turquía, respondió con obediencia a la voz del Dios verdadero, quien le dijo: «Vete de tu tierra y de tu parentela […] a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1). Confiando en la promesa divina, emprendió un viaje que lo llevó a través de territorios correspondientes a la actual Siria, Líbano y Jordania, hasta la tierra que Dios le había señalado, la región de Canaán, hoy Jerusalén. Su vida demuestra que el Reino de Dios comienza a hacerse visible cuando el ser humano decide someter su corazón y su camino a la autoridad del Creador (Génesis 15:6).
En este panorama también irrumpe la figura de Noé, cuya fidelidad y confianza en Dios permiten que la humanidad reciba una segunda oportunidad para existir. La Escritura afirma: «Noé era varón justo; era perfecto en sus generaciones, con Dios caminó Noé» (Génesis 6:9). Su historia refleja que, aun cuando la corrupción generalizada había oscurecido la tierra (Génesis 6:11–12), el Reino de Dios podía manifestarse en un corazón dispuesto a obedecer. En la época antediluviana y los primeros siglos posteriores al diluvio, muchas culturas del Antiguo Oriente concebían la realeza como un privilegio otorgado por los dioses. El rey era visto como un ser semidivino, dotado de poder absoluto para determinar el destino de su pueblo. Esta visión alcanzó su máxima expresión en Egipto, donde el faraón era considerado una encarnación divina y ejercía un dominio total sobre la vida social, económica y religiosa. Bajo esta estructura de poder, el pueblo hebreo vivió sometido durante aproximadamente cuatrocientos años (Éxodo 12:40), experimentando en carne propia la tensión entre el Reino humano absolutista y el Reino verdadero que Dios buscaba establecer en sus corazones.
En este contexto de poder absolutista surge la figura de Moisés, a través de quien Dios confronta directamente la pretensión divina del faraón. El relato del Éxodo muestra que la liberación de Israel no es solo un acto de misericordia, sino una proclamación del verdadero Reino: «para que sepas que no hay otro como el Señor nuestro Dios» (Éxodo 8:10). A diferencia de los reinos humanos, fundamentados en la fuerza y la explotación, el Reino de Dios se basa en la fidelidad, la justicia y la santidad (Éxodo 19:5–6). Como señala González Ruiz (1987), el éxodo constituye “la gran declaración de soberanía divina sobre la historia y sobre su pueblo” (p. 42). Dios no solo rescata a Israel, sino que lo forma como una nación cuyo corazón debía someterse plenamente a su voluntad. En el Sinaí, esta autoridad se institucionaliza mediante la entrega de la Ley, que actúa como la constitución del Reino de Dios en la tierra (Deuteronomio 5:1–3). Von Rad (1991) afirma que la Ley no es un código legal aislado, sino “el medio por el cual Dios gobierna y preserva a su pueblo” (p. 125). Así, la narrativa del Éxodo revela que el Reino de Dios no se establece por fuerza militar, sino mediante un pacto que demanda obediencia interior y devoción exclusiva (Deuteronomio 6:4–5).
Tras la salida de Egipto, el libro de Josué muestra cómo el Reino de Dios se manifiesta cuando el pueblo decide caminar en obediencia. Dios le ordena a Josué: «Esfuérzate y sé valiente […] no te apartes de ella ni a derecha ni a izquierda» (Josué 1:7), estableciendo que la verdadera conquista no depende de estrategias militares, sino de la sumisión al mandato divino. La victoria en Jericó y el fracaso en Hai evidencian esta dinámica: mientras la obediencia colectiva permite el avance del Reino, la desobediencia individual —como el pecado de Acán (Josué 7:1)— interrumpe la bendición.
La ausencia de una guía espiritual y la persistente idolatría muestran que el pueblo no permitió que Dios reinara en su corazón. No obstante, la misericordia divina se hace evidente cuando Dios levanta libertadores para restaurar temporalmente el orden y recordar al pueblo que su Reino sigue vigente (Jueces 2:16–18). Este ciclo de rebelión, opresión, clamor y liberación demuestra que la relación con el Reino de Dios está profundamente ligada a las decisiones humanas.
Con la instauración de la monarquía, Israel expresa su deseo de tener «un rey como todas las naciones» (1 Samuel 8:5), lo cual Dios interpreta como un rechazo directo de su reinado (1 Samuel 8:7). Saúl encarna la fragilidad de un corazón dividido; David, aunque imperfecto, refleja un corazón que busca someterse al Reino; y Salomón muestra cómo la desviación del corazón conduce a la decadencia nacional. La desobediencia prolongada lleva finalmente al exilio (2 Reyes 17:7–18), evidencia histórica de que el Reino de Dios no depende de estructuras externas sino de fidelidad interna. Aun en el exilio, el libro de Ester revela que la soberanía divina permanece activa: decisiones de valentía y fe, como las de Ester y Mardoqueo, se convierten en instrumentos para preservar al pueblo y mostrar que el Reino de Dios opera incluso en tierras extranjeras.
Contexto teológico
El Antiguo Testamento revela el Reino de Dios como una soberanía universal que antecede a cualquier estructura política o religiosa. Desde el relato de la creación, Dios aparece como el único Rey que crea, ordena y pone límites al cosmos (Génesis 1:1–31). Antes de la existencia humana ya estaba presente su autoridad sobre todas las cosas (Salmos 93:1–2), por lo que el Reino de Dios no surge con Israel; más bien, Israel es el pueblo mediante el cual Dios decide manifestar y encarnar su gobierno en la historia.
Por ello, Dios se acerca al hombre y establece con él un pacto, especialmente en el Sinaí, donde declara: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa» (Éxodo 19:6). Este pacto no solo provee normas, sino que orienta las decisiones que el ser humano debe tomar cuando el Reino de Dios se ha establecido en su corazón. La Ley hace visible la soberanía divina tanto en las relaciones del pueblo con Dios como en la vida comunitaria, diferenciando a Israel de las demás naciones (Deuteronomio 4:6–8).
El Reino de Dios, por lo tanto, se fundamenta en la lealtad, la confianza y la sumisión del hombre al Señor. La Escritura enfatiza que la verdadera obediencia nace del interior: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Deuteronomio 6:5). Así, el Antiguo Testamento presenta el Reino no como una institución política, sino como una realidad espiritual basada en la soberanía divina y en la respuesta fiel del corazón humano.
Conclusión
El Reino de Dios no busca límites geográficos ni depende de estructuras políticas para establecerse; no requiere validación democrática ni legitimación humana. El Reino florece allí donde encuentra un corazón sumiso, dispuesto a obedecer y a guardar lealtad al Dios soberano. Esta ha sido la constante que atraviesa todo el Antiguo Testamento: la respuesta del corazón determina si el Reino se abraza o se rechaza.
Los relatos bíblicos muestran hombres y mujeres cuyas decisiones revelan su disposición interior. Desde Adán y Eva, pasando por Noé, Abraham, Moisés, los jueces, los reyes y hasta los exiliados, cada acto de obediencia o rebelión evidencia si el Reino de Dios ha encontrado lugar en la vida humana. Así, la Escritura demuestra que este Reino es eminentemente interior: no se impone desde afuera, sino que brota desde dentro cuando el corazón se alinea con la voluntad de Dios.
Este reino, por lo tanto, no se define por estructuras políticas ni sistemas de gobierno humano. El pacto y la Ley muestran que su esencia es relacional: un llamado a la lealtad que nace primero en Dios mismo, quien permanece fiel a su pacto aun cuando su pueblo fracasa (Vernon, 2020). Desde Abraham hasta el periodo postexílico, Dios revela que su realeza no depende del éxito o estabilidad humana, sino de su propia fidelidad eterna. Él sigue siendo Rey incluso cuando Israel cae; sigue siendo Rey incluso cuando yo caigo.
En conjunto, el testimonio del Antiguo Testamento confirma que Dios es Rey y Soberano por encima de toda realidad humana. El ser humano, sin Él, carece de dirección, propósito y fundamento. Necesita de un Rey que gobierne en su corazón, porque el rechazo y la desobediencia conducen a la ruina, como repetidamente muestra la historia bíblica, que en última instancia es la historia de Dios obrando en medio de la fragilidad humana. El Reino de Dios, entonces, es una invitación continua a volver el corazón al Rey que gobierna con verdad, justicia y misericordia.
Aplicación personal
Comprender el Reino de Dios en el Antiguo Testamento me confronta con una verdad fundamental: no puedo someterme a un Rey que no conozco. Israel cayó repetidamente porque conocía sus obras pero no su corazón. Por ello, la verdadera obediencia no nace del temor ni de la obligación, sino del conocimiento profundo de quién es Él.
Solo cuando conozco a Dios como Rey soberano, fiel a su pacto, justo en sus caminos y misericordioso en sus propósitos, mi corazón encuentra razones para rendirse a su autoridad. La relación que Él demanda no es superficial, sino íntima; requiere comunión constante, escucha atenta y una entrega que brota del amor. «Conocer al Señor» (Oseas 6:3) es, por tanto, el fundamento de vivir bajo su Reino.
Esta realidad me invita a examinar mis decisiones cotidianas, pues cada elección revela si confío en mi propio criterio o si dejo que Dios gobierne mis pensamientos, deseos y acciones. Solo cuando permito que mi vida sea moldeada por su Palabra y su presencia puedo cumplir su voluntad y reflejar su Reino. Seguirle implica renunciar al impulso de autonomía que marcó a los primeros seres humanos y abrazar la dependencia amorosa que caracteriza a quienes han puesto su esperanza en el Rey verdadero.
Reconocer a Dios, conocerle y caminar con Él se convierte así en la manera más simple y profunda de permitir que su Reino se establezca en mi corazón hoy.
Referencias
González Ruiz, A. (1987). El Reino de Dios y su justicia. Editorial Sígueme.
La Biblia. (Reina-Valera 1960). Sociedades Bíblicas Unidas.
Vernon, J. (2020). Génesis un comentario. A Través de la Biblia.
Von Rad, G. (1991). Teología del Antiguo Testamento (Vol. 1). Ediciones Sígueme.
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