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El costo real de seguir a Cristo


Durante mucho tiempo, a muchos creyentes se nos ha presentado la vida cristiana como una promesa atractiva: perdón de pecados, paz interior y la certeza de la salvación. Todo eso es verdadero. El problema comienza cuando esas verdades se anuncian sin aclarar lo que implican. Como en los contratos, no siempre se leen las letras pequeñas.


El resultado es una idea distorsionada de la gracia: creemos que la merecemos, que podemos alcanzarla por esfuerzo propio o, peor aún, que la gracia nos permite vivir sin enfrentar consecuencias. Frente a esta visión superficial, el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer lanzó una advertencia contundente: la gracia verdadera siempre tiene un costo.


¿Qué significa que la gracia tenga un costo?


Bonhoeffer no negaba que la gracia sea un regalo. Lo que cuestionaba era la forma en que ese regalo había sido reducido a algo cómodo y sin compromiso. A esta deformación la llamó gracia barata: perdón sin arrepentimiento, fe sin transformación, un cristianismo que “incluye a Cristo” pero no le permite cambiar nada de fondo.


La gracia auténtica, en cambio, no deja a la persona intacta. Aunque se recibe gratuitamente, costó la vida de Cristo, y quien la recibe no puede permanecer indiferente. Entender la gracia implica responder con la propia vida. No como pago, sino como consecuencia.


Cuando Cristo entra, nada queda igual


El evangelio no llega para acomodarse a nuestras rutinas, sino para reordenarlas por completo. Cuando una persona entra en una relación viva con Cristo, su vida comienza a alinearse con Su voluntad. Por eso, la gracia barata termina siendo una versión diluida del evangelio: promete beneficios, pero evita el costo real del seguimiento.


Este punto resulta incómodo, incluso difícil de aceptar. Sin embargo, el llamado de Jesús nunca fue a una fe cómoda, sino a un discipulado real. Perder la vida centrada en uno mismo para hallarla en Él.


El reto pendiente: discipulado, no solo información


Aquí surge una pregunta inevitable: ¿estamos formando discípulos o solo transmitiendo contenidos? En muchos contextos eclesiales, el discipulado se ha reducido a cursos breves o programas informativos. Pero el discipulado no es opcional; forma parte del mandato de Cristo (cf. Mateo 28:19).


Asumir el discipulado implica algo más exigente: vivir de tal manera que otros puedan decir, junto con el apóstol Pablo, “sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). Eso exige coherencia, acompañamiento y una fe encarnada en la vida cotidiana.


Una fe que se anuncia con la vida


Seguir a Cristo no es sencillo. De hecho, muchas veces parece imposible. Pero la esperanza cristiana no descansa en la fuerza humana, sino en la obra transformadora del Espíritu Santo. Cuando esa obra ocurre, el evangelio deja de proclamarse solo con palabras y comienza a anunciarse con la propia vida.


La gracia que no transforma no es gracia bíblica. Es solo una versión cómoda del evangelio. La gracia verdadera, en cambio, siempre tiene un costo… y precisamente por eso, tiene poder para cambiarlo todo.


Referencias


Biblia. (1960). Reina-Valera. Sociedades Bíblicas Unidas.

Montoya, E. A. (2019). El curso de discipulado: Los 32 temas de El costo del discipulado. Autor.


Declaración de uso de inteligencia artificial.

Este documento fue revisado con herramientas de inteligencia artificial para la corrección de gramática y estilo. El uso de la IA se limitó a la revisión gramatical y análisis de estilo, manteniendo la autoría, análisis y revisión final a cargo del autor, conforme al principio de uso ético y responsable de la tecnología en la educación.

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